lunes, 6 de octubre de 2025





NUMERO 3

«MANOLETE», «EL ESTUDIANTE» Y «CAMARÁ»

 

Por Antonio Luis Aguilera

 

Manolete, El Estudiante y Juanito

Belmonte

Hemos releído un libro que hace décadas nos regaló un buen aficionado y nos causó una grata impresión. Su nombre «El libro de los toreros», y fue escrito por el periodista y novelista José María Carretero Novillo (Montilla -Córdoba- 1887 – Madrid 1951), que popularizó el seudónimo «El Caballero Audaz», y fue editado por el propio autor en 1947.

En la obra se recogen entrevistas a toreros, que van desde José Gómez «Gallito» a Manuel Rodríguez «Manolete», pasando por Rafael Guerra «Guerrita», Rafael «el Gallo», Juan Belmonte, Rodolfo Gaona, Ricardo Torres «Bombita», Rafael González «Machaquito»… Entre ellas figura la del matador de toros madrileño Luis Gómez «El Estudiante», que hoy propicia esta entrada, donde opina con meridiana claridad sobre su admirado compañero Manuel Rodríguez Sánchez y quien fuera su apoderado José Flores «Camará», que digamos no sale muy favorecido en el fragmento que insertamos.

Del mismo modo, de la opinión de Luis Gómez tuvo conocimiento por José María Carretero el sagaz apoderado, al ser entrevistado tras la muerte del torero cordobés, y en su respuesta sorprenden unas declaraciones de muy mal estilo sobre «Manolete», que sin pretenderlo reflejan el momento de angustia del torero en sus últimos días, cuando aborrecía torear para cumplir un contrato que le venía demasiado largo. También, la tensa relación entre ambos, como evidencia la poca clase del taurino al eximirse de todas sus argucias en los despachos y culpar al propio torero de su mala imagen ante el público. 

Les dejamos con estos interesantes testimonios para que obtengan sus propias conclusiones. Curiosamente, entonces, como ahora, también estaban de moda los vetos que algunos aseguran ver. Nada nuevo bajo el sol.

 

Luis Gómez "El Estudiante"

 

LUIS GÓMEZ «EL ESTUDIANTE»

«—Oye, Luis: Tú has cogido dos generaciones del toreo. ¿Con qué figuras cumbres has alternado?

—En la primera, con Marcial, Barrera, Ortega, Armillita, Manolo Bienvenida y Laserna. A mi juicio, ésa ha sido la época más difícil del toreo. Entonces salía el toro, y todos éstos entendían de toros, y sabían lo que los bichos llevaban dentro. Yo me consideraba un ignorante, pues no era “un torero de cabeza” … La segunda generación, la actual, en que aparece Manolete, con su majestad de Califa, acortando las distancias; Pepe Luis, Vázquez, Domingo Ortega, que sigue; Antoñito Bienvenida y, a última hora, Carlos Arruza.

—¿Y cuál ha sido la época en que la afición ha estado más entusiasmada con nuestra fiesta nacional?

—Chico, yo creo que ahora… Quizá la mayor efervescencia del toreo fue la del cuarenta y tres y cuarenta y cuatro, cuando yo me enfrenté a Manolete

—A propósito de tus relaciones con Manolete —casi le interrumpo yo—. Por ahí se dice que Manolete te había puesto el veto.

Reflexionó un instante con un gesto de amargura. Después exclamó:

 

Manolete se ha ido, desgraciadamente, del toreo, sin conocer a fondo todas las cosas malas que rodean la profesión, y, sobre todo, las que suscitaba su nombre. Para mí, este compañero era un chico nobilísimo; pero su mayor desgracia ha sido conocer a Camará, porque este apoderado suyo, que ha sido un ministro de Hacienda, maravilloso para Manolete, ha sido el peor diplomático que yo he podido conocer. Él supo llevarse —para su torero, claro está— todo el dinero que pudo, pero mezclado con unas hondas antipatías para Manolete, que este buen compañero no merecía. Hay que hablar claro. Ninguno de nosotros estaba enfrentado con Manolete ni nos producían envidia sus éxitos, pues todos le admirábamos y le colocábamos en el primer lugar. Ahora bien: lo que no podíamos resistir es que Camará utilizara estas condiciones excepcionales de su torero para humillarnos a todos y tratar de someternos a sus caprichos o hundirnos. Yo aseguro públicamente que el egoísmo desmedido de Camará ha llevado al trágico fin que ha tenido la más grande figura que hubo jamás en el toreo. Porque este torero, al que yo conocía muy íntimamente, no tenía ya necesidad de ir a Linares a torear una corrida de miuras, y mucho menos a que en el mes de septiembre Camará le tuviese firmadas veintitantas corridas de toros. Las últimas manifestaciones de Manolete, que yo he sabido por íntimos que han hablado con él poco antes de morir, eran de estar amargado, cansado; siempre estaba quejando de que era un disparate el esfuerzo tan brutal que estaba haciendo, precisamente, en el momento en que más trabajo le costaba vestirse del torero. ¡Por lo que fuera!, conste que yo he sido el mayor admirador de él y que conocía fondo todos sus sentimientos.

—Era un buen muchacho, ¿no es cierto?

—Era un torero incapaz de falsear la verdad en el ruedo… Es decir, que para él no existían categorías de plazas; por eso había que administrarlo con mucho tacto, cosa que no hacía Camará, al cual yo acuso públicamente de haber enrarecido la atmósfera que rodeaba su torero, hasta el punto de ir indisponiendo con los públicos y obligándole a que su esfuerzo, dado su gran amor propio, fuese cada vez mayor. Manolete sin Camará, hubiese sido, además del torero más grande de la época, el más querido por todos sus compañeros y el más mimado del público, como lo fue Belmonte en su tiempo. Hay una prueba evidente: todo el que trataba a Manolete se hacía íntimo amigo de él, lo que demuestra que era un muchacho angelical y admirable. Pero las marrullerías de Camará en los negocios, sus ruindades, sus imposiciones, sus venganzas, su demanda de privilegios y otras cosas más que no quiero decir, habían conseguido incluso que los públicos lo mirasen con antipatía, como ocurrió en Vitoria y Santander, hasta que él, por su orgullo, tuvo que dar la vida en la plaza de Linares.

—Entonces, ¿tú consideras que Manolete ha sido la figura más grande del toreo?...

 —¡¡Hombre, indiscutiblemente!! Creo, además, que pasarán muchos años para que un torero alcance el merecido prestigio y la personalidad de este artista, ya que ha sido el creador de una escuela nueva, no solamente con el toro, sino en relación con su presencia en la plaza.

—Explícame eso.

Manolete se distinguía de los demás en que era un hombre que acusaba una personalidad, tan distinta de todos, que jamás se le ha visto correr delante del toro ni sentir la emoción del triunfo, tan corriente en los demás. Sus tardes apoteósicas las encontraba tan naturales, tan lógicas, que a mí me daba la sensación de que la única alegría que le producían era la de sentirse satisfecho por haber cumplido con el público. Es decir: que era un hombre tan sencillo, tan llano, que cuando hacía una cosa extraordinaria, se encontraba como a bien consigo mismo y… nada más. No por lo que había hecho de extraordinario al toro, sino porque había correspondido a las esperanzas del público.

—¿Tu toreaste mucho con él?

—Sí; alterné con él en muchas corridas. Nuestro estilo hermanaba muy bien y yo procure adaptarme a su toreo, ya que era revolucionario. La competencia fue durísima, pues pelear con un torero como Manolete era jugarse la vida todas las veces… A mí, como a otros, muchos toreros, Camará procuró alejarme de las plazas, y tengo que confesar que lo consiguió y me ganó la batalla, pues la fuerza con todas las empresas, indiscutiblemente, la tenía Manolete, y se aprovechaba de ella, para estas cosas feas, Camará. Podría citar muchos casos, no solamente personales míos, sino de otros toreros, a los que este hombre ha hecho tanto o más daño que a mí. Como ya te he dicho anteriormente, Manolete, el pobre, estaba al margen y ni se enteraba de esto».

 

José Flores "Camará" y Manolete

 

JOSÉ FLORES «CAMARÁ»:

«—En este mismo libro atestiguo yo que usted se interesaba mucho por su torero, no dejándole torear hasta que estuviese completamente repuesto; pero también va una Interviú de otro torero en la cual se dice que usted fue un gran ministro de Hacienda de Manolete, pero un pésimo diplomático, porque lo indispuso con muchos públicos y con algunos de sus compañeros, a los cuales ponía usted vetos. ¿Qué quiere usted decirme de todo esto?

Hizo un gesto de suprema indiferencia y después repuso:

—Todo eso es completamente falso. Lo que ocurre es que todas las figuras del toreo —don José, usté que es un hombre avezao lo sabe bien—, cuando están arriba del , se llevan las culpas de lo que ocurre. “No toreo porque la figura me pone el veto”. Y cuando torean dicen: “Yo toreo sin ayuda de nadie”. Y con todo esto quieren tapar su mala fama o que ya han pasao. Es cierto que yo exigía para Manuel todo lo posible, pero sin ocuparme de poner vetos ni tonterías. Yo buscaba el mayor beneficio para él, sin meterme en las cosas de los demás, como saben los empresarios. Y sobre todo, cuando un torero es figura y sabe su oficio, no hay nadie que le pueda poner el veto.

—Dicen que ejercía usted sobre él una absoluta sugestión.

—No —me responde rápido—. Esas son cosas que cundían quitarle mérito a Manolete, porque como era imbatible en la plaza, tenían que combatirle la calle. Lo que ocurría es que estábamos tan compenetraos en los asuntos de toros, que pensábamos lo mismo y él me dejaba una gran libertad de acción, porque tenía en mí una absoluta confianza y de esta forma nos salía bien.

—Mire usted, Pepe. Yo tengo grandes simpatías hacia usted. Creo que ha cumplido con su obligación en sacar el mayor producto a su torero, que se jugaba la vida, como se ha demostrado; lo que no me explico, es cómo al mismo tiempo, por medio de la propaganda o lo que fuera, no procuraba usted rodearle de un ambiente más favorable, más simpático, para los públicos, como el El Alfombrista hacía con Joselito y el apoderado de Belmonte con su torero.

Casi hizo un gesto de pesadumbre. Después murmuró:

—Mire usté: en estas cosas, aunque la gente lo diga, no forma parte ni puede intervenir el apoderado, sino el carácter del individuo. Manolo en la calle era una desgrasia: no se sacrificaba por nada ni por nadie. En lugar de sumar amistades procuraba alejarlas, y ¡más! Era un corazón de oro, muy bueno y muy cariñoso con los amigos que le salían al encuentro; pero él no buscaba ninguno, ni daba coba a nadie, ni le importaba quedar mal o bien con la gente. Como a él no le molestaba que le hicieran cualquier cosa mal hecha, cualquier descortesía dentro de la amistad, él las hacía a puñaos a el mundo, y lo creía tan natural… Era buenísimo, daba gusto estar con él, se apoderaba del corazón de uno; pero a la vuelta de la esquina no volvía acordarse de lo que había dicho. En una palabra: que no matizaba y no tenía ni idea de lo que debía de hacer un artista, que se debe al público, en su vida de relación con las gentes, ni de lo que era una incorrección. —Hizo una pausa, y como para robustecer su argumentación, prosiguió: —Mire usté: este año estábamos en San Sebastián. Al doctor Oliver, además de ser un personaje que merece todos los respetos, él tenía que estarle agradecido y era muy amigo suyo. Hasta tal punto que el doctor estaba loco por almorzar con él y presentarlo a unos amigos extranjeros que estaban allí, y claro, lo que pasa: “Yo soy amigo de Manolete”. “Pues, hombre, queríamos conocerle”. “Pues un día almorzaremos con él”. En esta situación el doctor Oliver va a ver a Manolete y le propone: “Dime un día para comer contigo, Manolo, y con unos compañeros extranjeros, que quieren conocerte; el día que tú quieras, me da lo mismo”. Pues sí, doctor, cuando usted quiera. ¿Le parece bien el martes?”. “Pues el martes en el Hotel Cristina, a las dos. Yo iré a recogerte”. “Bien, pues a las dos les espero a usté”. “¿Sin falta?” “Sin falta”. Y el día antes Manolo se fue a cenar con unos amigotes. Se emborrachó con Camacho y a las dos del día siguiente no había aparecido por el Cristina y estaba durmiendo y dejó plantao al doctor Oliver, que era su íntimo amigo y una persona respetable, a la cual se debían atenciones… Mire usté —terminó—. Usté lo conocía bien, porque a usté hace un par de años le hizo algo parecido. Y era así con el mundo. ¡fuese quien fuese! ¡Hasta con el mismísimo rey de España! Y la gente pagaba conmigo sus incorrecciones y sus cosas. Pero los genios tienen sus defectos, y éste era un genio y no había más remedio que tomarlo así y admirarlo».

 




 

domingo, 5 de octubre de 2025



 NUMERO 2

 “MANOLETE” EN EL RECUERDO

 

Mañana día 29 de agosto, se cumplirán setenta y cuatro años de la muerte en Linares del grandioso torero cordobés, Manuel Laureano Rodríguez Sánchez “Manolete”. Qué no se habrá dicho y escrito durante más de diez décadas de este figurón del toreo.

       Pero bueno yo también, como un aficionado más, me hago eco de lo publicado por tantas y tantas ilustres plumas, para contribuir modestamente a su memoria, destacando de entre las muchas cualidades que le adornaban, la gran personalidad y la grandeza de este enorme torero, nacido en el barrio de San Miguel de nuestra ciudad cordobesa.

 

Manolete, Arruza y Gitanillo de Triana

      Así que a partir de estos momentos, nos encontramos ya apostados en el horizonte de la revisión del papel que ejerció Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” durante su vigencia como Matador de Toros y al que en vida se le criticó y se alabó por igual en ambos sentidos.

 

         Hoy, las perspectivas deben ser distintas y suficientes como para entender que durante su dominio fue el mejor torero de su época. “Manolete” llevó a sus últimos límites la transformación iniciada por Juan Belmonte. Su majestuosidad, su empaque y elegancia, daban crédito a la frase que dijo el maestro Juan Belmonte: “Para ser un buen torero, no solo hay que serlo, sino parecerlo”. Manuel Rodríguez Sánchez “Manolete” fue el arquetipo de esos toreros a los que aludió el “Pasmo de Triana”. Creo que existe por ahí una foto, que vi una vez -no sé con seguridad si fue en la taberna “Almoguera” o tal vez en “Casa Vidal” C/

 

 

                Mayor de Santa Marina- donde “Manolete” está junto a Gitanillo de Triana y Carlos Arruza, vestidos de calle. Daba gusto mirar aquella fotografía para contemplar la elegancia de los tres toreros impecablemente vestidos: trajes de alpaca cruzado, camisa de cuello almidonado, corbatas de seda y zapatos a la última moda. ¡Qué elegancia y que porte! Así eran los toreros de antes, bien vestidos en el ruedo y en la calle. Sabían comportarse con elegancia en los más exigentes ambientes de la sociedad y por ello eran invitados permanentemente a las celebridades, en el campo artístico, político, social o gubernativo. Estamos seguros que Juan Belmonte, no se equivocó al pronunciar aquella famosa frase.

 

Manolete y Arruza

        En el haber de “Manolete” figura haber sido, el espada que más categoría ha dado a la corrida de la Beneficencia de Madrid. Los antiguos aficionados aún recuerdan todas sus actuaciones y en especial la de los años 1944,1946 (única toreada por él en España en ese año) y la del 1947, su última actuación en Madrid, unos días antes de su mortal cogida en Linares.

 

Del toro al infinito: BENEFICENCIA DE 1946: 70 AÑOS DE UNA GRAN CORRIDA DE TOROS.

 

Pepín Martín Vázquez, Manolete y Gitanillo de Triana.

 

Antonio Rodríguez Salido.

Compositor y letrista. -

Escalera del Éxito 176.-

 

Jose Luis Cuevas

Montaje y Editor

Escalera del Éxito 254

-Manuel Rodríguez Sánchez (Manolete)

 

 

 

Nació en Córdoba el 4 de julio de 1917 y fue hijo de aquel Manolete de la promoción de 1907 que obtuvo la alternativa de manos de Machaquito; ejerció de novillero poco tiempo durante la guerra, y en vista del buen cartel alcanzado en Sevilla, en esta capital recibió la investidura de matador de toros el día 2 de julio de 1939, con Chicuelo de padrino y toros de don Clemente Tassara, de los cuales, el de la cesión llevaba por nombre Mirador y era negro. Testigo de esta ceremonia fue Gitanillo de Triana (R.). La confirmación de dicho grado en Madrid se efectuó el día 12 de octubre de aquel mismo año, con el cartel que hemos dicho al ocuparnos de Juan Belmonte Campoy.

        Desde aquel momento, la afición se <<manoletizó>>, pues la erecta posición vertical del diestro cuando toreaba, su espigada figura, el ritmo que imprimía a sus movimientos, la precisión admirable que daba a su toreo, sin concesiones de mal gusto, su recia personalidad, en suma, imprimieron a su singular estilo gran solemnidad y empaque. Agreguemos a estas cualidades el elevado concepto que tuvo de su responsabilidad –nota destacadísima en su manera de ser–, y el lector podrá formarse una idea aproximada de los fervores que inspiró a las multitudes lo mismo aquí que en los países americanos que visitó, efectos vehementes que con su trágica muerte subieron al más alto nivel, hasta el extremo de haber hecho de este gran torero cordobés una especie de ficción alegórica.

        Pero transcurridos los años y desaparecidas las pasiones que produjo; hecha la debida decantación de sus méritos, bien podemos intercalar entre tantos elogios –todos merecidísimos– una censura, y es la de que negó el principio inmanente del arte de torear, que es el de <<cargar la suerte>>, y estableció el toreo de perfil, con el que se obtiene una especie de ganancia anticipada en el pase natural. Las corridas que toreó desde que tomó la alternativa hasta su muerte fueron éstas: en 1939, 16; en 1940, 50; en 1941, 58; en 1942, 72; en 1943, 71; en 1944, 92; en 1945, 71; en 1946 permaneció inactivo voluntariamente y no toreó más que la de Beneficencia en Madrid, y en 1947, 21, que pudieron ser más de no haber actuado con restricciones.

        En sus dos campañas americanas sumó 49 corridas. Aparte su cogida mortal, no le hirieron mucho los toros, pudiendo considerarse como su percance de mayor importancia el del 9 de diciembre de 1945, al hacer su presentación en la capital de México. El día 28 de agosto de 1947 se celebró en Linares (Jaén) una corrida en la que se lidiaron seis toros de don Eduardo Miura y actuaron como matadores Gitanillo de Triana (R.) Manolete y Luis Miguel Dominguín, y el quinto astado de la tarde, llamado Islero entrepelado y marcado con el número 21, cogió a Manolete por el muslo derecho al dar una estocada superior –entrando a matar con gran dignidad profesional– y le produjo una tremenda cornada, en el triángulo de Scarpa, que le ocasionó la muerte a las cinco de la mañana del siguiente día.

     Esta tragedia, como las de Pepe-Illo, el Espartero y Joselito el Gallo, hizo que Manolete pasara a la Historia con una aureola que solamente obtienen los héroes populares. Perteneció a la orden civil de Beneficencia, por sus repetidas y desinteresadas actuaciones de carácter benéfico.


 

 

(CONTINUARÁ)

 

Jose Luis Cuevas

Montaje y Editor


 






sábado, 4 de octubre de 2025

 

REVISTA EL CALLEJÓN  CÓRDOBA

NUMERO 1

“El Hencho” un torero de Santa Marina.

 


 

 

Frecuentaba este torero, en su temprana retirada, la misma taberna que solía entrar yo con mi hermano Manolo, los sábados a tomar una copita de vino de la tierra, y de camino charlar de toros que era y es, lo que más nos gusta.

            Florencio Casado “El Hencho", estaba emparentado con un familiar nuestro; era concuñado de un primo hermano, o sea que los dos estaban casados con dos hermanas. Y por aquello de los bautizos de sus hijos, mi primo, que en aquel tiempo regentaba “El Bar Campero”, solía reunir a toda la familia y daba un poquito de fiesta para celebrarlo. Naturalmente allí también acudía el torero.

         ¿Y, porqué cuento esto? Primero por recordar aquellos viejos tiempos y segundo para que se vea que nuestra conocencia y amistad venía de lejos…que no era de dos días ¡vamos!.

s

 

        Florencio Casado Morales, fue un buen profesional del toro. En su época de matador, llegó a cortar las orejas a los Miuras en Sevilla, saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe, y en las Ventas de Madrid, tuvo tardes de mucho triunfo con salida a hombros por la Puerta Grande también, y en otras…derramó en la arena su sangre de torero valiente.

 

“El Hencho" y unos amigos en la taberna El Pisto

           “El Hencho" de su vida privada solía hablar poco y de toros aún menos. Su tiempo lo dedicaba exclusivamente a beber y fumar. Un día hablando de aquellas efemérides, por casualidad saltó la liebre, y yo le fui sacando…sacando, hasta que decidió contarme su historia vestido de luces.

            Esta que sigue es, y fue publicada en la revista taurina “Toreros de Córdoba" de Julio del año 2001.

“El Hencho". Casta, valor y entrega

          Ser de Córdoba está considerado, en el mundo del toreo, como algo de mucha importancia, sobre todo, para aquel que ha sido o quiera ser torero.

       Este serio compromiso traspasa los límites de la responsabilidad si el que elige esta bonita y complicada profesión lleva el “sello de garantía” que tienen los toreros nacidos en el torerísimo barrio de Santa Marina.

 

Plaza de Conde de Priego.

Y, por si esto fuera poco, alcanza la sublimidad del ego, si el nacimiento se ha producido o se produce en la famosa Plaza de la Lagunilla, como es el caso del matador de toros, Florencio Casado “El Hencho", que vino al mundo un día 30 de Junio del 1945, en el número 11 de la mencionada Plaza. ¡Fíjate tú! -dice orgulloso el torero- yo nací en la casa de la Palmera junto a la que en su día vivió “Manolete". En el patio había un pozo con agua que compartíamos los vecinos de ambas casas.

 

Plaza de la Lagunilla,

         Pasado algún tiempo y por circunstancias de la vida, nuestro entrevistado se traslada con -siete u ocho años- a vivir junto con sus padres al popular barrio de Las Margaritas dónde crece y se aficiona a la fiesta de los toros.

          “El Hencho” es nieto de “Piconero” del que toma el apodo derivado de una deformación lingüística del nombre del abuelo. “Se llamó Florencio como yo -explica el diestro- y de pequeño, yo no sabía pronunciar bien su nombre y le decía: “papa Hencho”, de ahí me viene el apodo”.

          Sin ascendencia taurina, torea y se gusta ante su primera becerra en la finca cordobesa “Alamiriya” propiedad de Ramón Sánchez Rodríguez y desde ese momento tuvo claro lo que quería ser.

 

 

          Su primer paseíllo de luces lo hace en Priego de Córdoba el día 30 de mayo de 1964 y debuta con picadores el Montoro (Córdoba), el 14 de agosto de 1966 con novillos de Bernardo Jiménez, para presentarse posteriormente en la Monumental madrileña de Las Ventas, el día 1 de mayo de 1969.

           Torero poderoso de honrada carrera profesional -por entrega y temperamento- el público le valoró y catalogó entre los toreros valientes, pundonorosos y a la vez artista.

 

Tomó la alternativa en el coso de “Los Califas”, el día 1 de junio de 1969, de manos de su paisano Gabriel de la Haba “Zurito”, sustituto aquel día del mexicano Alberto Leal, que le cedió la muerte del toro “Idiota” de Gerardo Ortega, al que le cortó una oreja, en presencia del también cordobés, Fernando Martín Tortosa. “Ese día fue el más feliz de mi vida como torero -señala “El Hencho”- a mi segundo toro le corté el rabo.

 

 

           No tardó en confirmar en Madrid lo que llevó a efectos el 24 de agosto de ese mismo año. La ceremonia fue apadrinada por el diestro Joaquín Benardó actuando de testigo Adolfo Ávila “El Paquiro,” con toros de Alejandro Espinosa de los Monteros. Esa tarde lució su toreo poderoso y artista con los astados que le correspondieron, siendo su labor digna de elogio. “Ese día me pegué un arrimón tremendo -recuerda al maestro- el público de Madrid se volcó conmigo, pero no estuve acertado con la espada.”

 

Foto Ladis

        Mas de veinte años como matador de toros y aproximadamente unas ciento sesenta corridas toreadas, es el historial que avala a un torero que tuvo que ganarse todas las tardes en el ruedo el ansiado contrato a costa, muchas veces, de teñir con su propia sangre el amarillo albero de las plazas. Ahí quedan como claros ejemplos las tres cornadas que recibió en Venezuela, Madrid y Francia las tres de pronóstico grave. Percances durísimos, serios e importantes que, a veces, hacen dudar a cualquier torero pero que a él ni la afectó ni mermó un ápice a su toreo valiente y honesto. “La de Madrid fue gordísima me metió el pitón por el bajo vientre y me echó las tripas fuera -dice con un ligero y velado orgullo el valiente torero- que sin duda, en su vida taurina pasaría por momento más agradables y felices. ¡Claro que sí! en mi memoria siempre estará presente la tarde de los Miuras en Sevilla el día 10 de abril de 1970, junto a ”Limeño” y “Palomo Linares”. “Recuerdo que me vestí ese día de torero sin tener un contrato firmado y me la jugué de verdad. Al toro le hice una lidia completa. Lo toree muy despacito y le dí todas las ventajas para poder lucirlo,” comenta lleno de satisfacción el maestro. “Al final le corté las dos orejas y salí a hombros por la Puerta del Príncipe. Seguidamente aclara, “Ahora se necesitan tres para cruzar a hombros esa misma puerta”.

 

 

          Transcurrió el tiempo y ni este importante triunfo unido a su enorme entrega y valor puestos cada tarde a contribución de su mejor toreo, sirvió para que rompiera en “figura” a pesar de que su concepción del toreo evolucionó con el paso de los años hasta alcanzar elevadas cotas de perfección llegando a torear muy requetebién muchísimos toros en su etapa de extraordinario lidiador. “Lo que tú dices es verdad Antonio -habla emocionado el maestro- yo cuajé muchos toros con el capote y lo mismo hice con la muleta. Llegué a disfrutar mucho toreando y aún más, cuando descubrí el temple y aprendí a dosificar las embestidas de los toros".

 

 

            Quizás le faltó al maestro el refrendo de un triunfo fuerte, incontestable en la primera plaza de toros del mundo (Madrid), que le hubiese aupado a ese último peldaño que les separaba de la cima del toreo. “No creo que fuese eso lo que me faltó porque la verdad pura y llana -señala diestro- es que en Madrid tuve éxitos muy importantes. En una corrida de toros corté tres orejas y en otras dos. En otra dí seis vueltas al ruedo, tres en el primer toro y otras tres en el segundo". ¡No, mira! Lo que ocurre es que cuando eres joven no te das cuenta de nada de lo que pasa a tu alrededor solo piensas en divertirte y pasarlo en grande.

 

 

           “El Hencho” fue un torero que despertó mucho interés en la afición cordobesa. Lo prueba, caso único, de que el empresario cordobés -por aquellas fechas Diodoro Canorea- lo mantuviera en cartel durante cinco domingos seguidos. A pesar de aquellos continuos y resonantes éxitos -corto orejas casi todas las tardes- él sigue pensando que mereció más atención y ayuda por parte de sus paisanos: “Yo fui un torero incomprendido. Lo dí todo por Córdoba y me entregué al máximo. Quise ser figura del toreo y creo que tuve condiciones para ello". Con la seriedad con que pronuncia estas palabras da la impresión de que esté molesto con el pasado. Herido en su amor propio por duros, o tal vez, tristes recuerdos que permanecen aún dormidos en su interior y que le lastiman al revivirlos en esta conversación. Seguidamente en un alarde de nobleza reconoce: “Creo que yo tuve parte de culpa… me rodeé de falsos amigos, aduladores sin escrúpulos qué no me beneficiaron en nada y sí en cambio, arruinaron mi carrera profesional”. Comenta arrepentido el torero. Y añade: “Hoy día pienso que nada de esto me hubiera ocurrido si alguna persona seria y responsable hubiera creído en mí de verdad, podría haber estado más tiempo toreando”. Y concluye diciendo: “Nadie apostó por mí, ni me ayudó. Fui por libre y así es muy difícil por no decir imposible poder tirar pa’lante”.

              Su última corrida qué lidió en Córdoba se remonta al 26 de mayo de 1980. Sustituyó al salmantino Julio Robles que se encontraba herido, y alterno con Agustín Parra “Parrita” y Paco Ojeda, con toros de Celestino Cuadri. Su último paseíllo lo hizo en Cabra (Córdoba), el día 24 de junio de 1990 con toros de varias ganaderías, siendo sus compañeros de terna el madrileño Paco Lara y el venezolano “Morenito de Maracay”.

 

 

Desde aquel día no volvió a vestir más de seda y oro.

Florencio Casado Morales, “El Hencho", de 69 años de edad, falleció el 28 de octubre de 2014. Descanse en la paz del Todopoderoso.

Antonio Rodríguez Salido. –

Compositor y letrista. –

Escalera del Éxito 176.-

 

José Luis Cuevas

Montaje y Editor

Escalera del Éxito 254